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La destrucción de Triana

CATALINA LEÓN BENÍTEZ

Actualizado Martes, 13-10-09 a las 06:59

Cuando, hace treinta años, vine a vivir a Sevilla, elegí Triana porque estaba cerca del río. Porque era un barrio humano en medio de una gran ciudad. Porque la gente te saludaba por la calle y en las tiendas se paraba a hablar contigo. La soledad de dejar atrás mi casa, mi familia, mi gente, fue menor porque llegué a Triana.

Hoy, Triana es un infierno. De lado a lado cruza su cielo un aire espeso, amarillento, inhóspito. No es posible pasear por sus calles, ni sentarse en sus plazas. Para recorrerla es preciso sortear mil y un obstáculos, zanjas, vallas, hormigoneras, maquinaria de todo tipo… Triana es un permanente atasco: nada de usar el coche para atravesarla. Tampoco puedes ir a pie. El peatón es un peligroso elemento del paisaje de Triana. El peatón estorba.

El Instituto Vicente Aleixandre está rodeado de obras, de manera que para entrar allí hay que cruzar un inestable puentecillo de madera y dejar atrás una nube de polvo. La calle Alfarería recuerda aquellos años en los que aún no se había asfaltado. La calle San Jacinto no podría ser nunca el camino de paso hacia el Aljarafe que fue históricamente, porque, sin que sepamos para qué, acaban de cortarla por la mitad, cercarla y llenarla, otra vez, de máquinas.

Puede ser que alguien haya imaginado un universo plácido en el que las bicis, los coches, los perros, los carritos de los bebés y las personas, se entrecruzan en un espacio limpio, verde y jubiloso. Pero ese sueño no existe. Si el nivel de calidad de un espacio urbano se define por la armónica convivencia de todos (vehículos, personas, animales) puedo decir que Triana es un auténtico desastre, un calvario para casi todos.

Hablo muchas veces con ancianos de Triana, personas mayores que se sentaban en las puertas de sus casas, en las minúsculas placitas improvisadas o que echaban un ratito en las tiendas. Ellos me hablan de lo difícil que está todo, y lo sucio, y lo peligroso. Qué pena que no podemos ni oírnos, del ruido que hay; qué susto tener que acelerar el paso para tirar la bolsa de basura al contenedor, porque está colocado justamente encima del carril-bici.

Esto de las bicis supongo que quiere ser un adelanto. Aunque tengo que decir que no lo entiendo mucho. Cuando yo era chica, en mi ciudad, La Isla de San Fernando, veía a los trabajadores de la Bazán, de la Constructora, marchar cada día vestidos de gris, montados en bicicletas, camino del trabajo. A la vuelta volvía a verlos y venían cansados, más grises aún, con la bolsa del costo vacía. Ahora resulta que ir en bici es lo más. Y que, como no hay espacio para que las bicis circulen, hay que quitárselo al peatón. Durante mucho tiempo nos han atronado los oídos con consejos sobre lo bueno que es andar, pasear, quien mueve las piernas mueve el corazón. Pero como ahora no podemos andar y no sabemos andar en bici, como tampoco podemos ir en coche, quizá el final sea quedarse en casa, viendo la televisión o tecleando en el ordenador.

Creía que Triana era un barrio para las personas. Esa ha sido su historia. No sus monumentales edificios, no su nivel económico, no sus inexistentes avenidas. Las personas convirtieron a Triana en un lugar diferente. Por eso el trianero no deja de serlo aunque esté fuera, aunque se haya marchado al Polígono o a Córdoba (¿verdad, Emilio Jiménez?).

La sociedad civil de Triana, si es que existe, permanece callada. Los poetas que la glosan, los escritores trianeristas, están mudos. ¿Hace falta un Joaquín Moeckel que levante estos corazones dormidos?

Es muy triste pasear por Triana. Verla sucia, desatendida, llena de obras incomprensibles, agobiada por el polvo y el estruendo. Creo que ésta no es la Triana que elegí, no es la Triana verde y humanizada, sino un barrio sin entraña, sin esperanza (ay, la esperanza, que debería ser trianera), sin fuerzas para decir que, si en ella no pueden vivir las personas, esto no es progreso, es una vuelta atrás.

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