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GUILLERMO D. OLMO

Día 20/10/2011 - 22.19h

Hoy, más que nunca, me acuerdo de él. Se llamaba Jesús Rebollo García y era Policía Municipal de Madrid. El 19 de junio de 1995 los terroristas de ETA colocaron un coche-bomba en los aledaños de la plaza del Callao. Cualquiera sabe que por ahí pasa a diario mucha gente. Hicieron una llamada de aviso poco antes de las siete de la mañana. La Policía hizo su trabajo y, a pesar de ser hora punta, consiguió despejar en apenas veinte minutos una de las zonas más concurridas de la ciudad. Jesús era parte del operativo. Aquella mañana se afanaba en alejar a gente de la carga letal depositada por los etarras. No lo olvidaré porque alguien que me importa andaba por allí cerca. Cuando a las siete y cuarto la bomba estalló, una de las papeleras que los terroristas habían colocado como metralla -estas ocurrencias tenían- se le incrustó en la cabeza. Así se dejó la vida Jesús en acto de servicio.

Siempre es oportuno hacerlo, pero hoy que la banda anuncia el cierre de su funesto negocio, lo es más todavía. Recordemos el millar de vidas y familias rotas por la sangrienta singladura etarra. Recordemos medio siglo de crímenes, medio siglo de fanatismo, medio siglo tratando de debelar a España, medio siglo sembrando dolor hasta convencerse de que no lo conseguirían. Y todo, ¿para qué? Esa es ahora la pregunta.

Porque no van a conseguir nada a cambio, ¿verdad? Recordemos a Miguel Ángel Blanco, víctima de un crimen inhumano cuya abyección todavía hoy sobrecoge. Cómo olvidar aquellas negras jornadas de julio. Cómo olvidar el gesto sombrío del presidente Aznar en las horas críticas en que tenía que decidir si trasladar a todos los presos etarras a cárceles vascas y salvar la vida de un joven concejal o negarse al chantaje y que sobre su conciencia pesara el seguro desenlace fatal.

La historia es conocida. Aznar se mantuvo firme. Dijo que no y a Miguel Ángel lo mataron. Hoy parece tan evidente como justo colegir que decisiones tan dolorosas como aquella son las que nos han llevado hasta aquí, a lo que parece el final de un camino recorrido apretando los dientes. Que nadie busque atajos ahora.

No permitamos que ningún político sucumba al oportunismo miope y caiga en la tentación de buscar el rédito de un triunfo que, literalmente, ha forjado a sangre y fuego toda la sociedad española. Habrá que estar alerta porque ya son unos cuantos los que no han dudado en decir conflicto cuando deberían decir crimen y montan conferencias de paz como si esto hubiera sido una guerra colonial. Que no nos engañen. Aquí no ha habido contendientes. Aquí ha habido víctimas y verdugos. El reto ahora es que ni quienes empuñaron las armas ni quienes los jalearon obtengan ninguna contrapartida. No hay lugar para enjuagues ni apaños. Que les quede claro que han perdido. Por Jesús Rebollo, por Miguel Ángel Blanco, por todos los demás. Se lo debemos.

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