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¡Agua! para que corran los pícaros

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¡Agua! para que corran los pícaros

FICHA
Autor: Raúl Doblado
Fecha: 24 de febrero de 2010
Pie de foto: El brazo «muerto» del Guadalquivir se crece en Triana con motivo de las intensas lluvias sufridas en los últimos días.

POR ALBERTO GARCíA REYES

Publicado Sábado , 27-02-10 a las 08 : 17

En este patio de Monipodio los pícaros gritan «¡agua!» en cuanto les acecha el escuadrón de la verdad. Al menos desde que Cervantes parió a Rinconete y Cortadillo corren los «aguaores» por la calle de los Espaderos. Las sierpes huyen en cuanto la tempestad les amedranta. Sevilla no sabe cantar bajo la lluvia. No está acostumbrada a huir hacia delante por mor de estos chaparrones pertinaces cuyo fin empieza a ser demasiado previsible. El río muerto se anega mientras el vivo, del que nos divorciamos hace ya mucho tiempo para vivir en el falsario de nuestra inventada idiosincrasia, reta a las mareas del Atlántico como la única Sevilla que tuvo esplendor retó al Nuevo Mundo. Nos hundimos. Lenta y parsimoniosamente el «¡agua!» de los pícaros está llegando a la Boca el León del Puente Triana. Porque ya llueve sobre mojado. Y la Naturaleza no se calla. Está denunciando en el Alto Tribunal las veleidades del hombre. Está desatando nuestra fragilidad. El río, y la verdad, jamás olvidan su cauce. Uno puede hollar lo inundable creyendo ser más listo que los elementos. Pero la inteligencia del granuja es un leve junco de la orilla del Guadalquivir. El menor torrente lo arrasa. Cierto es que el bribón, como la caña, siempre flota. Pero la escorrentía lo termina llevando, tarde o temprano, hasta la inmensidad del océano, allí donde el junco pierde toda su identidad y su prestancia.

Este temporal de vientos y aguas nos está enseñando que Sevilla ya no se arría con la facilidad de antaño. Hay muchos muros de defensa construidos en torno a su espina dorsal. Pero también nos dice que la tragedia depende únicamente de que se abra la esclusa. La ciudad está empantanada en su espejo de Narciso sin darse cuenta de que su nivel está por debajo del natural. El río grande puede devorarla en cuanto se deslicen las compuertas y toda la verdad acceda hasta el umbral de la calle Betis. Ahí fuera, donde las aguas de la Bética discurren a su antojo, todos saben lo que es meter los pies en el barro mientras aquí aún hay quienes andan en busca del limpiabotas. Pero no vivimos en la inopia. Vivimos en la indolencia. El «¡agua!» no nos preocupará hasta que no nos llegue al cuello. Cuando tengamos que remar para poder comprar el pan exigiremos otra operación clavel. Y entonces habrá que drenar el camino de los Espaderos, cuna de las sierpes, hasta dejar al descubierto todo el cieno que durante tantos años hemos pisado sin conciencia.

Las tempestades son buenas incluso cuando nos azotan con su mayor virulencia. Porque nos humanizan. Como decía John Lennon, la vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes. En Sevilla estamos demasiado acostumbrados a planearlo todo. Hasta que un día, siempre inesperado, nos sorprende el «¡agua!» del pícaro. Entonces nos preguntaremos cómo es posible que nos inunde la desgracia. Pero el meteosat nos ha estado avisando de la borrasca sin que hayamos querido oírle. Aquí nunca pasa nada, pensamos. Hasta que pasa. El río de la verdad no hace distingos. Cuando se crece, se lleva por delante a todo el que haya ultrajado su cauce. Basta con sentarse a los pies de la Torre del Oro para ver cómo corren los pícaros de las aguas turbias que van a dar en el mar, que es el morir.

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