La Venecia gitana - El Correo de Andalucía

 

La Venecia gitana

César Rufino Actualizado 19/09/2010 21:27

En pocos meses tendrá una hermana flotante, una pasarela que no cambiará nada y lo cambiará todo. Calle Betis: a base de innovar sin tregua, una lograda ficción de lo inalterable.

En el lugar donde estará la bajada a la pasarela peatonal, todavía un breve boscaje de aroma dulzón separado de la calle por una verja, había ayer sobre el suelo dos fiambreras: una con agua y otra con lentejas. Tratándose de Triana, aquello lo mismo podía ser para una camada de gatos que para una familia de maquis o para una de esas ratas gordas y lustrosas que corretean como cochinos adoquines abajo, camino del río. El resto de la decoración de este trocito de ribera incluye algún que otro tocón negro (dicho sea en términos estrictamente botánicos), mucha hojarasca y un surtido selecto de desperdicios, delicadamente distribuidos en señal de respeto a los principios estéticos que rigen sobre los descampados sevillanos. Del carácter marinero de esta calle habla bien a las claras el hecho de que muchos vasitos de plástico, papelotes y botellitas zarpan de allí mismo con la marea rumbo a Sanlúcar de Barrameda.

Eso que ganará la casa de la acera de enfrente cuando, en lugar de ese terraplén frondoso donde se sirven comidas, empiecen a construir de un día para otro el acceso a la pasarela peatonal que hará de hermana pequeña de la calle Betis. Decían que iban a comenzar en septiembre, para que el votante de las municipales pueda echar allí la jornada de reflexión paseando a ras del agua mientras contempla los reflejos del atardecer en los balcones del Paseo de Colón y en las facetas de la Torre del Oro. Lo mismo están esperando a juntar los 1,7 millones que cuesta. Pero el caso es que ese edificio de enfrente que se beneficiará con el cambio de paisaje es un colegio. En su fachada, una inscripción: Cristo Rey. En su zaguán, un azulejo: Cristo Reina. Una paradoja de la conjugación, como todo lo que ocurre en esta calle: por una parte parece negar al río y por otra diríase que quiere arrojarse a él de boca; en una acera lo cañí y en la de al lado lo vanguardista; a un costado los bares y al otro los pubs; en el balcón el geranio y en el alcorque el porro; luminosidad del día y clandestinidades nocturnas. Y todo gracias a una portentosa capacidad para conjugar los distintos tiempos que dan a Sevilla la fama no siempre merecida de ciudad eterna o, al menos, dura de roer.

Antes de que todo eso ocurra y la calle Betis vuelva a ponerse de moda a la hora de la merienda y del paseíto en familia; antes de que en mayo se inaugure ese callejón flotante que bien podrá llamarse el Balcón de los Japoneses por los muchos que acudirán a inmortalizarlo, conviene ir a esta Venecia gitana y darse una vuelta con los cinco sentidos bien aguzados para despedirse de una de las mil estampas que ha tenido el lugar, casi sin parecerlo, a lo largo de su historia.

Si es por la mañana, interesa emprender el recorrido en la Plaza de Cuba, con el sol a la espalda y todo el colorido enfrente; si es por la tarde, mejor empezar por el Altozano y disfrutar de las vistas de la otra orilla. En cualquiera de ambas opciones, la azul o la dorada, obtendrá humedad y silencio. La que otrora fuese meca del punkerío (perdón por lo de meca) se puede y se debe recorrer en zigzag, por sus dos aceras. Por la del río tendrá mejor perspectiva para solazarse con la contemplación de los restos de una arquitectura deliciosa, colorida y sencilla salpicada de balcones con macetas y jaulas de canarios; por la de las casas el paisaje ganará en eucaliptos, adelfas, amplitud y palmeras. Pero ya elija un camino u otro, he aquí algunos de los detalles en los que le complacerá fijarse:

La calle Betis es una de las pocas que tienen toda la numeración completa de portales en un solo lado, tanto pares como impares. Podría haberse seguido el criterio tradicional, por si algún día le da a la municipalidad por levantar palafitos al otro lado de la pasarela, pero hasta en eso es original.

A la derecha de la comisaría está la rampa a la terraza del río. Verá qué agradable es bajar esa cuestecita, con el Puente de Triana, la gente pescando debajo y todos sus perejiles al fondo, y cómo le suda el alma del bochorno fluvial no bien comience a trepar de nuevo hacia la calle.

En el número 34 está el taller de escultura de José Antonio Navarro Arteaga. Él suele trabajar en el primero, pero abajo coloca a veces algunas de sus obras y se pueden ver a través del cristal del balconcillo que hay junto al zaguán. Ahora mismo, por ejemplo, hay una imagen de la Virgen con su manto y todo.

Los custodios de las esencias deben reparar en la casa hermandad de la Esperanza de Triana, en el número 28, y en la palma de Domingo de Ramos que aún, en septiembre, cuelga de un balcón. Como si en septiembre hubiese procesiones en Sevilla. No se pierda en el número 30 la casa donde vivió Chicuelo, ni el local de al lado a juego (El Rejoneo), ni la portada de piedra de la antigua Universidad de Mareantes (en el 39), ni al señor que riega la calle con manguera desde uno de los pocos patios trianeros que todavía ilustran el alma del lugar. Está cerca del San Marco, será por lo de Venecia.

La Venecia gitana - El Correo de Andalucía

Comentarios