Excusas para no ayudar a los necesitados

Culpar al necesitado de su situación, dudas sobre su penuria real, diluir la responsabilidad entre la sociedad. La autojustificación es el mecanismo habitual cuando se toma una decisión contra la ética
L. CANO
Día 06/09/2012 - 21.19h

RAÚL DOBLADO
Un anciano pidiendo en Sevilla
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«Tengo prisa». «No llevo suelto». Pasar de largo y no mirar. «Lo siento». Palparse el bolso o la cartera sin intención de dar nada. «No, gracias». ¿No, gracias? ¿Dar las gracias a un mendigo como respuesta a la petición de un donativo? Marcos, de 56 años, lo ha oído demasiadas veces tirado en la madrileña plaza del Carmen.

«Estoy en más de una ONG». «Luego lo miro en internet y me apunto». «Ya he hablado con tu compañero». «Ya pertenezco. Bueno, no exactamente yo. Mis padres son socios». «Hay muchos pobres, todo está mal, pero no quiero que me lo cuentes». Jaime Pastor, voluntario de Aldeas Infantiles, ha escuchado todas las excusas en su intento por encontrar afiliados para la ONG en plena calle Preciados.

«La autoexculpación es un mecanismo mental del ser humano cuando tomamos una decisión en contra de nuestra escala de valores. No hay justificación para no dar parte de nuestro dinero, pero es duro actuar contra nuestra ética», explica el psicólogo social Luis Muiño. Los mecanismos clásicos de justificación son, en este orden: culpar al necesitado de su situación, dudas sobre la penueria real de la víctima y diluir la responsabilidad entre la sociedad (los ricos, el Estado, los demás).

«Nos justificamos porque queremos transmitir una identidad social y personal positiva para seguir creyendo que somos buenas personas», explica Guillermo Fouce, presidente de Psicólogos Sin Fronteras y profesor de la Universidad Carlos III. «Los donativos se dan para no sentirse mal con uno mismo. No ayudan realmente. Si se quisiera ayudar, se acompañaría a una persona a los servicios sociales o se formaría parte activa de una ONG».

Altruismo y egoísmo
No hay consenso sobre la paradoja de tomar la decisión de ayudar a los demás es por altruismo o por egoísmo, es decir, si se auxilia para sentirse uno bien o por aliviar el sufrimiento de los otros. Las conductas de ayuda al prójimo obedecen a muchos motivos, especialmente si el comportamiento es espontáneo o reflexivo, según explica Fernando Chacón, profesor de Psicología Social de la UCM y experto en altruismo. La reacción rápida depende de factores tan variables como, por ejemplo, el estado de ánimo, el tiempo o el atractivo personal de la víctima. Es más fácil ayudar a una persona guapa, un día de sol agradable y cuando se está un poco bajo anímicamente para así sentirse mejor. Una persona entristecida asistirá menos porque está ensimismada, mientras que un eufórico busca que nada perturbe su estado. También influye el entorno: si la petición ocurre cuando se está solo es más probable la ayuda, ya que si hay mucha gente se diluye la responsabilidad.

Una ayuda a largo plazo, por el contrario, depende de una postura reflexiva donde el concepto de responsabilidad ejerce un gran peso. La dicotomía altruismo-egoísmo compite hasta predominar una sobre otra. «Hay quien dice que el altruismo no existe. Yo digo que sí», mantiene Chacón. «Con la mendicidad es diferente, porque actuamos con un guión habitual, siempre reaccionamos igual ante un pobre, y solo modificamos el comportamiento si ocurre algo distinto, como una mayor empatía con el sujeto por una interpelación o por su historia».

Empatía
Los expertos reconocen comportamientos que incentivan el sentimiento de culpa de la persona. Si se mira directamente a los ojos o si se interpela es más doloroso esquivar al necesitado. La empatía es fundamental. Cuanto más identificado esté un individuo con la víctima es más fácil que la socorra. El contexto actual de crisis económica crea nuevos casos de personas cuya historia vital no es diferente a la de cualquier trabajador.

«No somos comerciales, no recibimos formación. Solo tratamos de ser lo más humanos posibles. Hay que convencer de algo de lo que se está convencido», explica el voluntario Pastor, antes captador de socios para ACNUR. «Nadie se levanta pensando voy a ayudar a una ONG. En tres minutos de explicación es difícil dar una idea clara del problema».

Crisis económica
«Un contexto de catástrofe ayuda a la empatía. Sin embargo, una crisis económica se prolonga en el tiempo y da lugar a respuestas distintas y contradictorias», apunta el profesor Chacón. Una persona solidaria puede dejar de serlo porque le bajan el sueldo. Una persona no caritativa puede comenzar a serlo porque las consecuencias de la crisis están muy presentes. Una persona no solidaria en paro puede comenzar a dedicar tiempo libre a voluntariado. En cualquier caso, el último estudio de la Fundación Adecco y Achalay España demuestra que un 17,2% de los ciudadanos ha finalizado, reducido o sustituido su colaboración económica con las ONG a causa de la crisis.

El presidente de Psicólogos Sin Fronteras es pesimista en su diagnóstico: «La crisis está reforzando el individualismo. Hay una tendencia a cerrarse en uno mismo y esperar que no nos pase a nosotros». Las sociedades rurales tradicionalmente son más caritativas porque su red social cercana es más amplia: familiares, amigos y conocidos. La ciudad, por el contrario, tiende al individualismo. Aunque, como apunta el profesor Chacón, en un entorno urbano influye sobre todo el factor de cantidad, es decir, el hecho de que no se puede ayudar a todos los necesitados.

«No damos parte de nuestro dinero por asegurarnos nuestra economía, porque la conservación puede al altruismo, aunque va en contra de lo que predicamos. El instinto de conservación hace que cada uno vea lo suyo, no vemos a los necesitados porque no queremos verlos», afirma el psicólogo social Muiño. Y matiza: «Pero no hay justificación ética para no dar parte de nuestro dinero».

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