Recuerdos del olvido

 

César Rufino Actualizado 14/03/2012 20:37

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¿Qué pasó con las postales de Semana Santa? ¿Por qué no se ven ya por las tiendas de souvenirs? En busca de una respuesta, aparecen dos o tres misterios dolorosos.

"No sé cómo sucedió. Sencillamente, la Semana Santa fue desapareciendo de las postales", dice Luis Domínguez con comedido asombro. Una cortesía que se agradece, viniendo de la tercera generación de una dinastía de tocayos que, desde los años cincuenta en adelante, convirtieron esa modalidad de souvenir en objeto de culto cofradiero: la empresa Escudo de Oro. El asunto está lejos de ser mera melancolía, tratándose la tarjeta postal (pese a todos los mordiscos dados por internet y el correo electrónico a la correspondencia clásica) de un negocio que vende al año en España dos millones y medio de unidades, según el cálculo redondeado del señor Domínguez. Para algunos, esta cifra será solo la mitad de lo que se vendía en la edad de oro del género, que alcanzó su cénit en 1998; para otros, más atentos a la vertiginosa implantación de las nuevas tecnologías de la comunicación, será nada menos que la mitad. Una especie de milagro.

"La postal es un producto que llevamos matando desde hace años pero sigue teniendo su hueco", se complace el amable empresario, quien de algún modo se siente impulsado a mostrar cierta consternación definiéndose como "amante de la Semana Santa, fiesta grande del país en sus distintas expresiones culturales". Pero más allá de interpretaciones, el hecho sigue inalterable: las procesiones ya no forman parte de la temática de los recuerdos, lo cual daría para toda una corriente de pensamiento si no fuese porque el sevillano, llegado el llamado buen tiempo, es de poco profundizar. Pero por insolente que sea la memoria, se recordará que esas postalitas brillantísimas que decoraban en torretas las esquinas de los quioscos, las del escudito de oro, eran todo cuanto tenía a su alcance el cofrade sevillano que quisiera coleccionar fotos en color de la Semana Santa: no existía el vídeo, no había cámaras digitales y el revelado en color era carísimo, los periódicos apenas hablaban de las procesiones llegado el momento (y, desde luego, sin el despliegue, la prolijidad y el derroche con que se hizo desde mediados de los noventa) y, por desgracia, lo poquito que había en la prensa (con la apenas balsámica excepción de algún dominical nacional que se acordaba parcamente de Sevilla, llegado abril) era en blanco y negro, tirando a gris borroso.

"¿Postales de Semana Santa?" Levemente contrariado, el tendero, cuyo nombre queda fuera de la conversación, devuelve la mirada a sus quehaceres quizá medio segundo antes de lo que establece el protocolo. Está anotando cosas en una gran libreta; parecen sus cuentas, o sus pedidos. El hombre, lo bastante mayor como para saber de qué va esta historia, parece absorto en su aburrimiento. La libreta está apoyada en un vetusto mostrador de madera, y a su alrededor, como el firmamento de una inmensa soledad, hay una selva de brillitos y colorines en forma de ceniceros, tazas, toreritos gitanos, muñequitos diversos y biblias en pasta. Al mortecino toldo de su establecimiento le tapa el sol la Giralda. "Sí, dejaron de mandarlas", añade, sin levantar la vista. "A veces viene gente y las pide (comentario coincidente con el de otros vendedores de recuerdos de por allí), pero como comprenderá, si mira usted, eso no es nada comparado con el montón de artículos que hay en este negocio, y con los márgenes... Y yo no me voy a meter en montar ahora un postalero de Semana Santa."

A duro se vendían. Hoy, las que se ofrecen cuestan por lo menos diez veces más: treinta céntimos, y de ahí para arriba. Las hay troqueladas, con formatos extraños, enormes, cómicas, esperpénticas, hipertópicas... Hasta los hoteles, las cafeterías y otros comercios regalan las suyas como gentileza o reclamo. De modo que la ausencia de los pasos es simple y llano olvido. Flaco favor a la tradición, teniendo en cuenta, como dice Luis Domínguez, que "los jóvenes han vuelto a comprarlas y a enviarlas como algo vintage, y a los turistas los puedes ver en la puerta de los monumentos escribiendo las suyas para mandarlas." Pero esas no volverán.

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