Seis meses que nos cambiaron para siempre

Seis meses que nos cambiaron para siempre

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Alejandro Luque Actualizado 20/04/2012 10:36

resultado final, la Exposición Universal de Sevilla dejó una huella indeleble en quienes la disfrutaron, y transformó para siempre el rostro de la ciudad.

De todo -ya lo decía Jaime Gil de Biedma- hace 20 años, pero no todo perdura de la misma manera. La memoria de la Exposición Universal, fijada para siempre como un hito en el imaginario sentimental de los sevillanos, se conserva extrañamente cercana en el tiempo, quizá porque nos resistimos a creer que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

A muchos les parece que fue ayer cuando el entonces presidente de Andalucía, José Rodríguez de la Borbolla, y el comisario Manuel Olivencia ponían la primera piedra del proyecto -corría enero de 1987-, o cuando la cresta multicolor de Curro empezaba a prodigarse en camisetas, pegatinas, sellos de correos o cacharritos mecánicos, algunos de los cuales todavía quedan por ahí, a modo de heterodoxos caballitos.

El éxito rotundo de la convocatoria acalló todas las dudas, pero el camino no fue fácil, ni pocos los obstáculos. Sobre todo, había un enemigo a batir: el fatalismo sevillano. Al tiempo que iban ocupándose los terrenos de la Cartuja, se acometía la mayor transformación de la capital hispalense desde el 29. La revolución de alcance nacional del AVE, el derribo del muro de Torneo y el consiguiente redescubrimiento del río, la mejora de las carreteras o los puentes de la Barqueta y el Alamillo cambiaron el rostro de Sevilla, pero sobre todo el espíritu de sus habitantes, que recibieron la inyección de autoestima necesaria para sentirse, de una vez, vecinos de la capital del Sur de Europa.

Ni siquiera el mazazo que supuso el incendio del pabellón de los Descubrimientos, apenas un par de meses antes de la inauguración oficial, pudo neutralizar la corriente positiva que recorría la ciudad de punta a punta.

Antes de que el mundo se volcara sobre Sevilla, pues, lo hicieron los sevillanos. Esta renovación integral incluyó operaciones tan controvertidas como las de aquella fuerza policial llamada a limpiar de delincuentes el centro de la ciudad con métodos expeditivos, y que estos días se recuerdan en pantalla grande gracias al espléndido largometraje Grupo 7, del director Alberto Rodríguez.

De película fue, también, el desarrollo de las obras, cuya rapidez y óptimo resultado también sirvieron para sacudirnos el sambenito de indolentes e ineficaces. De Vázquez Consuegra a Makovecz, la flor y la nata de la arquitectura mundial se puso a dibujar a destajo, y los operarios lo dieron todo al ritmo del All my loving de Los Manolos para que el 20 de abril, contra los pronósticos más pesimistas, la Expo fuera al fin inaugurada.
Por delante se presentaban seis meses de actividad incesante, 176 jornadas maratonianas de 9.00 de la mañana a 4.00 de la madrugada, donde el asombro y el disfrute, el saber y la diversión sellarían una alianza perfecta para disfrute de millones de visitantes de todas las edades, tan cargados de ilusión como armados de paciencia.

Porque ése fue otro de los tópicos que la Expo contribuyó a abolir: frente a la inveterada cultura de la bulla, que tanto juego da siempre en nuestra Semana Santa y nuestra Feria, se instaló pacíficamente la cultura de la cola: una hasta entonces insospechada forma de civilización que también nos hizo sentirnos más europeos, y que sirvió en bandeja al llorado Paco Gandía una de sus anécdotas más hilarantes: "En la Expo, me detuve en medio de una calle porque me había extraviado de mi mujer. Al darme la vuelta, vi que tenía una cola de 30 o 40 gachós. Verídico..."

Se esperaba que acudieran 18 millones de visitantes, y fueron muchos millones más, llegados en tren, en coche -hubo que habilitar un enorme terreno como aparcamiento-, aterrizando sobre el recién ampliado aeropuerto y hasta en barco, como fue el caso de los 12.000 canarios que pisaron suelo sevillano gracias al programa Expocantour 92.

Pero esta afluencia no fue ni mucho menos uniforme: víctima del escepticismo, la Expo empezó ofreciendo un panorama desolador en sus comienzos, se fue animando poco a poco, sufrió un lógico bajón en el tórrido julio y acabó en apoteosis en sus tres últimos meses, hasta tal punto que hubieron de suspenderse los pases de temporada bajo riesgo de colapso.

El día solía comenzar con desbocadas carreras, desde primera hora, para conseguir alguna de las entradas gratuitas del Movimás, singular cine móvil, que repartía el pabellón de España; e invariablemente terminaba con la memorable Cabalgata de la Magia y el Tiempo de Joan Font y sus Comediants, así como el espectáculo pirotécnico-audiovisual del lago.

Entre la apertura y la clausura todo era posible: asistir a la fiesta de Moros y Cristianos por cortesía del Pabellón de Valencia, bailar con maoríes en el de Nueva Zelanda, subirse a una guagua colombiana, hacerse una foto con el hombre más alto del mundo en el pabellón de Pakistán, cruzarse con Induráin al frente del equipo Banesto o ver a unos recién casados recorriendo el recinto en una cama, al estilo de las genuinas bodas vaqueiras asturianas, formaban parte de la rutina.

Lo mismo puede decirse de las mil y una comidas que pudieron degustarse durante aquellos días -todavía hay quien se relame recordando los ahumados noruegos-, pero sobre todo las bebidas: desde el café colombiano ofrendado por Juan Valdés en persona con el equívoco "¿Le provoca un tinto?" al festival de ron en el que se consumieron 1.260 botellas -casi un millar de litros-, nadie pudo salir de la Expo quejándose de haber pasado sed.

Atemperadas las altas temperaturas veraniegas con un ingenioso sistema de irrigación y vaporización cuyo resultado dio en llamarse microclima, así como de innumerables viseras y parasoles, la Expo acogió visitas oficiales como las de Gorbachov o Mitterrand -menudo susto para su escolta cuando decidió moverse a pie-, pasando por las mediáticas Carolina de Mónaco y Lady Di, todavía del brazo de Carlos, pero ya enferma de melancolía, escondida de los paparazzi tras sus gafas oscuras.

Entre los famosos de la farándula que más revuelo causaron, destacaban Lupita Ferrer y Carlos Mata, reyes del culebrón latino hoy engullidos por el olvido, un imparable Alejandro Sanz o la estrella hollywoodiense Michael Douglas; también comparecieron deportistas como Niki Lauda o Johan Cruyff, glorias de la música como Joaquín Rodrigo, o del séptimo arte, como Ingmar Bergman o Vittorio Gassman; y entre las plumas ilustres, Alberti, Cela, Vargas Llosa o García Márquez, que presentó en Sevilla sus Doce cuentos peregrinos.

Mientras la plaza Sony se convertía en el centro neurálgico de la música popular, joven y no tan joven -de Celtas Cortos a Joan Manuel Serrat o El Fary, de José Manuel Soto a Siniestro Total o La Década Prodigiosa-, Plácido Domingo defendía la dignidad de la copla con el espectáculo Azabache, con un reparto encabezado por Rocío Jurado, Juanita Reina, Imperio Argentina y Nati Mistral. El Teatro Central se consolidaba como el coliseo alternativo que la ciudad necesitaba, y el recién inaugurado Teatro de la Maestranza sacaba pecho con voces como Teresa Berganza y José Carreras, reunidos en la soberbia Carmen, o Alfredo Kraus interpretando La Favorita, así como todo un Rostropovich dirigiendo a la Royal Philarmonic Orchestra.

Sin salir de la cosa cultural, cabe recordar que, durante 176 días, Sevilla pudo presumir de albergar el mayor museo del mundo. Obras de Miguel Ángel, Murillo, Leonardo, Velázquez, Goya, Botticelli, Picasso, Rubens y un sinfín de artistas contemporáneos de primera fila fueron admiradas por los aficionados.

Quienes preferían placeres menos elevados se entregaban a ese otro viejo arte que es el de la seducción, con preferencia por los objetos de deseo más o menos exóticos. Muchas fueron las noches en que el personal de jardinería hubo de conectar los aspersores para desalojar a las espontáneas parejas. La otra cara de la moneda fue cierta fiesta dedicada a las azafatas extranjeras, en la que se dieron cita más varones que azafatas: un serio revés para el buitre autóctono, que tan alto voló en aquellas fechas. Sea como fuere, la Expo demostró que el amor es una forma de viajar sin salir de casa.

La otra cara

No todo fueron días de vino y rosas, claro está. Mientras en el mundo se dejaban sentir los efectos de la reciente Guerra del Golfo y los tensos debates sobre Europa de Maastricht, el general Noriega era condenado y la mafia asesinaba a Falcone y Borsellino, en la Expo ocurrió de todo: desde episodios de conflictividad laboral -incluida una huelga general a media jornada, el 28 de mayo- hasta controversias como la lucha del pabellón de Bolivia por importar hoja de coca como símbolo de su cultura autóctona, y que las pacatas autoridades españolas impidieron confundiendo la muy benéfica planta con la cocaína.

La palma de los sucesos ingratos fue el bochornoso y provinciano enfrentamiento entre juventudes socialistas y andalucistas que empañó el Día de Sevilla. Por su parte, el pabellón de Yugoslavia a punto estuvo de ser clausurado tras el embargo de la ONU, y sonada fue también la fuga de los propietarios del muy popular Kangaroo Pub con un montón de facturas sin pagar. Pero siempre se recuerdan con una sonrisa los incidentes más livianos, como el hecho de que a Curro se le apagara la antorcha olímpica en plena carrera, o que Carmen Sevilla formara la marimorena cantando los números del telecupón en el Día de la ONCE. Muchos se sorprenderán de que la Expo jamás llegara a tener página web. La explicación es sencilla: internet estaba aún en pañales, y aunque Sevilla fue también un escaparate para la tecnología punta, lo más in de cuanto pudo verse fueron las gafas tridimensionales de Fujitsu y una muestra de fibra óptica para videoconferencias. Los periodistas que cubrieron el evento todavía tenían que aviarse con el fax y las cabinas telefónicas. Los escasísimos móviles que se dejaban ver eran los de los altos cargos oficiales, una suerte de zapatófonos francamente ostentosos.
A la espera de que tales avances llegaran a todos, la gente llana se entregó al sencillo mecanismo de los pins, distintivos que se prendían en gorras, mochilas y solapas desatando auténticas fiebres de coleccionista, al tiempo que se intercambiaban en señal de fraternidad y entendimiento entre los pueblos.

La Expo concluyó un 12 de octubre de hace 20 años, pero su huella permanece. A pesar de las voces que insistentemente alertaron sobre la posibilidad de que los terrenos de la Cartuja pudieran volver a ser conquistados por "los jaramagos y las ratas" tras los fastos del 92, lo cierto es que en la actualidad el parque empresarial registra una concentración que roza el lleno absoluto.

Además de algunos emblemáticos edificios de la Universidad de Sevilla y del polémico macroproyecto Arteria de la SGAE, es en esta zona, muy cerca del viejo monasterio, donde se está levantando el próximo símbolo arquitectónico de Sevilla, su primer rascacielos, la torre Pelli. Incluso uno de los pabellones más populares, el de la Navegación, acaba de ser reabierto como recinto museístico. Al fin y al cabo, la Expo 92 nació rodeada por el escepticismo y acabó siendo objeto de aclamación, y su hermana Cartuja 93 no iba a correr una suerte muy diferente.

Pero donde sin duda siguen resonando los ecos de la Expo es en el recuerdo de quienes la disfrutaron o se ganaron la vida en ella, en sus álbumes de fotos y en sus anecdotarios personales. El titular con que el equipo de El Correo de Andalucía despidió la cita ya lo decía: "No digas que fue un sueño". Y no lo fue: estuvimos allí.

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