CUANDO PAGO POR EL PUENTE…

Como la cosa está mu mala, el Ayuntamiento ha dado la vuelta a la letra de Pareja Obregón. «Cuando pago por el puente, me anuncio: dos mil euros al día...»

FRANCISCO ROBLES

Día 18/04/2012

Antes se pasaba por el puente para que se cumpliera la letra de las sevillanas de Pareja Obregón. Cuando pasábamos por el puente, Triana, contigo vida mía, sentíamos la punzada de la belleza que provoca esta ciudad que convierte el dolor en alegría, y viceversa. Ese puente vino de París, como si fuera un niño envuelto en los pañales del mito popular. Era una copia del puente del Carrusel que cruzó el Sena hasta que lo jubilaron por viejo. Aquí sucedió lo contrario. Se conservó y ahí sigue, contemplando la corriente que ya no pasa por sus ojos verdes, iluminado por esas farolas que le dan un aire de paso de misterio expuesto a la luz anaranjada del lubricán.

Como la cosa está mumala, pero mala de verdad, el Ayuntamiento le ha dado la vuelta a la letra de Pareja Obregón. «Cuando pago por el puente, me anuncio: dos mil euros al día...» Aprovechando que la Feria pasa al otro lado del río se usarán, como soportes publicitarios, esos puentes que llevan al Real o a la primera mitad de la torre Pelli: ya puestos a vengarnos, podríamos llamarla Torre Kirchner para que la expropie la paisana del arquitecto y se la lleve a tomar viento hasta Buenos Aires. Los barandas han decidido que las barandas cambien los candaditos del amor por carteles y lonas que sirvan para anunciar la empresa que se deje caer con los euros que tanta faltita hacen para arreglar las calles. En todos los puentes menos en uno. El de Triana se libra por los pelos de la catalogación, como en su día se libró de la demolición que sufrió su hermano gemelo en París.

No vamos a volvernos puritanos de un día para otro, pero con estas cosas hay que tener cuidado. Sevilla es una ciudad mucho más hermosa de lo que sus propios habitantes, tan ombliguistas, creen. Sevilla da pie al soporte publicitario, como ahora llaman los cursis a los carteles. Cualquier día de estos se anuncia un polvero en la mismísima Giralda para demostrar que el ladrillo aguanta más que un concejal del plan antiguo en una mariscada belga. O vemos en la torre que está situada junto al puente de San Telmo una gran pancarta con el lema que se repite por toda la ciudad como si fuera una postrimería de Valdés Leal que señala el sic transti de la crisis: «Compro oro». ¿Qué mejor torre que la del mismo nombre para ese anuncio?

Mucho cuidadito habrán de tener los barandas con las barandas. Y con las calles más emblemáticas, como diría un rancio. No debe convertirse una plaza recoleta en un restaurante al aire libre, ni una calle que desemboca en la piel erizada de la Giralda puede contener más veladores que el antiguo Baturones. A Sevilla le sucede lo mismo que le pasa a esa mujer que no es consciente del peligro que lleva en sus ojos, igual que los dos luceros de las sevillanas trianeras, o en el nardo de su talle. Aunque nos parezca mentira, Sevilla no tiene ni idea de lo bella que es.

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