Manual de uso de las calles peatonales - El Correo de Andalucía

 

Manual de uso de las calles peatonales

César Rufino Actualizado 08/11/2010 20:51

La novedad peatonal produce un extraordinario y efímero caso de estrés, de vértigo entre el vecindario.

Yendo por la calle San Jacinto, uno se da cuenta de un curioso fenómeno: allí la gente todavía no ha aprendido a pararse; siente que debe ir de un sitio a otro, como suele ser costumbre en la calle desde que el siglo XX las convirtió en eso. Hay personas quietas, claro, pero al mismo tiempo inquietas. La novedad peatonal produce este extraordinario y efímero caso de estrés, de vértigo de instrumentos entre el vecindario. Nada que ver con Asunción, seis meses después de reconvertida a la calma. En ella, sentados en uno de los bancos más cercanos a Virgen de Luján, hay cuatro adolescentes de charla; dos niños y dos niñas. El de la esquina, que se ve claramente que se mata a escribirle poemas a la muchacha del otro lado sin que ella lo sepa, tiene toda la calle llena de exclamaciones y aspavientos. Intenta impresionarla: "Hay pruebas. Yo las he visto. Están en la cara oculta de la Luna", dice, con el pavoneo propio de quien va por ahí hiperventilando de amor. La niña medio sonríe, haciéndose la adulta. Entre ella y el otro muchacho, que también calla, no hay una gota de aire, y el otro pobre ni se entera. Justo de detrás del cuarteto, donde está la bollería, lleva rato cayendo y extendiéndose por todo el bulevar una nube azucarada e invisible de bollitos de leche y cruasanes. Enfrente, medio desparramada en un banco al sol con una pierna por alto, una señora muy juvenil está leyendo Riña de gatos, de Eduardo Mendoza, así se la coman viva las horas del día que vengan a por ella en jauría. Concentrada en su lectura, se pierde mientras tanto una nota antropológica digna de mejor estudio: que toda la que tiene un pañuelo de cuello que estrenar se va a hacerle el rodaje a la calle Asunción.

Ya se irán dando cuenta en San Jacinto: las peatonalizaciones, como los encuentros con seres extraterrestres, tienen cuatro fases: la primera es el avistamiento, que se da cuando todavía no se han metido las máquinas pero ya están los comerciantes con caras zaheridas y mandando a imprimir las pegatinas. La segunda fase es la evidencia, que es por la que atraviesa ahora mismo el caso trianero, y se caracteriza por no saber cómo usar una calle que suena a raro, pero que ya está ahí. Asunción, en un grado más de desarrollo, está viviendo sus encuentros en la tercera fase: el contacto, con plena integración de la criatura en su contexto, goce y disfrute gregario de las nuevas posibilidades. La última fase es la abducción, caso de Sierpes. El sevillano llama Sierpes a todas las calles peatonales del mundo.

Tres mil firmas en contra y seis meses más tarde, lo de Asunción es otro mundo. Dice una librera de la calle que si la suya hubiese sido una tienda particular, como hay tantas, "ya habría cerrado". Dice que la crisis no permite aún dilucidar si la peatonalización está siendo beneficiosa o perjudicial para este lugar, pero que a muchos comerciantes no les hace ni pizca de gracia. Otra cosa es el vecindario: "Para los vecinos, esto se ha convertido en un parque." El cambio salta a la vista. Un ejemplo: antes, los perros sólo defecaban en las aceras; ahora, por doquier. Por cierto, viviendo por allí debe de haber un paisano que tenga no un caniche, sino un poni. Qué barbaridad.

Contra lo que hacen los perros allí, hay que aprender a detenerse. Es la primera norma, que ya se respeta casi unanimemente en Asunción. Bancos y veladores de cervecerías echan una mano en la tarea a los novatos, pero ya se percibe una clara tendencia a formar grupitos espontáneos sobre cualquier parte del pavimento. Entre el sonido del acordeón y el del motor de gasoil de una máquina de obra pequeña y lejana, esta estampa de jauja de colorines esconde a un mendigo que, con una barra de pan en la puerta del súper, pide "comida para mis hijos". Hay muchas menos tiendas cerradas que a primeros de año: tres. Un amasijo de colillas y papeles queda no del todo oculto por la forja naturalista que protege los alcorques, porque peatonal no es sinónimo de limpio, pero el efecto de conjunto es abrumador. Los escaparates, los encuentros de vecindad, el solecito, todo atrapa al paseante. "Sí. Mi padre, que es arquitecto, piensa igual", dice al fin la niña, y al chiquillo de los poemas, imaginando futuros abrazos de complicidad con quien podría estar llamado a ser su suegro, se le enciende una esperanza que le coge toda la cara. Sus ojos son la cara vista de la Luna. Hace dos años, donde su corazón palpita, había un atasco. Hace uno, una excavadora. Al final, el amor siempre se abre camino.

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