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1obra, 3 meses, 0 cochesMarina Blesa Actualizado 10/08/2010 20:07

Los clientes disfrutan en una marisquería mientras los coches descargan detrás. - Paco Puentes

Hoy empieza la última fase que convertirá en peatonal el tramo de San Jacinto entre Pagés del Corro y el Altozano, todo un acontecimiento que llena de contrastes una calle que ya estuvo dividida en dos en el siglo XIX

"Dos bollos y un mollete. Los bollos dámelos morenitos por favor". Son las 11 de la mañana, según la cruz verde y roja de la farmacia que parpadea insistente en San Jacinto. La misma cruz marca los 34 grados que ya empiezan a cocer a los trianeros y una fecha que anuncia el Día O, de Obras: 11 de agosto de 2010. Hoy empieza la segunda y última fase que convertirá el tramo entre Pagés del Corro y el Altozano en peatonal definitivamente. Los trabajos, que durarán tres meses, son el tema de conversación de la jornada entre los vecinos y comerciantes de la calle, pese a que en la panadería donde Rosa compra a diario los dos bollos -morenitos- y el mollete, se lleva hablando del asunto desde hace un año, momento en el que se inició el proceso de peatonalización en la zona.

El territorio que está a medio camino de convertirse en un paseo no ha sufrido pocos cambios en su historia: a principios del XIX la calle se encontraba curiosamente dividida en los mismos tramos que afronta hoy, sólo que la separación de entonces respondía a cuestiones referenciales y no estéticas: se hacía llamar Santo Domingo al espacio comprendido entre el Altozano y Pagés del Corro, y San Jacinto al resto. A mitad de siglo pasó todo a adoptar el nombre actual, pero no por mucho tiempo. Poco después se llamó calle Manuel Carriedo, y algo más tarde, Carlos Marx. El inicio de la Guerra Civil le devolvió su nombre de santo.

En la panadería donde compra Rosa, cerca del Altozano, no están al tanto de tales vaivenes históricos, el asunto rey hoy es otro bien distinto. Y no es el único negocio donde el término peatonalización ha sido nombrado unas 15 veces por minuto -como mínimo- en los últimos 20 meses. La calle inauguraba el lunes la semana casi con la mascarilla puesta: "Pensaba que las obras empezarían hoy, de hecho al levantarme le he dicho a mi marido: ahora seguro que ya está todo levantado". Pero Justa, dueña de la joyería Azahara, se equivocaba. Las únicas obras que había ése día eran unas rutinarias en dos edificios y otra tercera en el carril bici que estaban levantando unos operarios junto a Correos: "Al poner el carril dañaron unos cables de fibra óptica y estamos reponiéndolos", comenta Antonio, el encargado.

Él y los suyos han sido los responsables del hilo musical que ha dado forma a la banda sonora de San Jacinto en los primeros días de agosto. Lo que no sabe Antonio es que hoy le ha salido un fuerte competidor, las obras de la peatonalización, que trabajarán en la homogeneización del pavimento elevando la calzada al mismo nivel que la acera, y en la decoración del tramo con bancos y farolas, formarán seguro más de uno y dos conciertos. Todo sea por "crear una zona cómoda para pasear, sin riesgo de ser arrollado por vehículos", como señaló el alcalde de la ciudad, Alfredo Sánchez Monteseirín, durante su visita a la calle la semana pasada.

Mientras tanto, la situación actual en San Jacinto dista mucho de la idílica imaginada por el regidor y otros muchos amantes de la Sevilla peatonal. San Jacinto es una calle de contrastes por dos motivos, los humanos y los estructurales. Por un lado, los comerciantes engrosan una lista de 7.000 firmas en contra de la polémica segunda obra: "¿Por qué no se hizo de un tirón?", dice Juan, el de la Taberna Miami; "No estoy en contra de la peatonalización porque seguro que es bueno para mi negocio, pero sí lo estoy de las obras, que lo paralizan todo", explica Pepe, del bar La Grande. En frente, los vecinos: "Estamos encantados de poder salir de casa sin temor a los coches", comenta la familia Hernández junto a su portal, el 17.

Recorrerla desde Ronda Triana hasta el Altozano deja en evidencia los estructurales: a un lado, tráfico, coches y vendedores de fruta; al otro, seis macetones que poco imponen a los motoristas que los sortean. En tres meses San Jacinto será distinta: peatonal y con, probablemente, nuevos y distintos contrastes

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