Un niño de Santa Ana que quiso soñar con Triana

Triana marcó con sus nudillos el compás eterno de la nostalgia. Mandó llamar a las abuelas de los «peinecitos de plata», a los niños de la cucaña, «metáfora de la vida más perfecta», y a los vecinos de las casas «que sacaban el refrigerio, compartían las viandas y así pasaban la noche, la víspera de la Santa», para resucitar el alma de una fiesta universal que llaman tras sus cancelas Velá de Santa Ana. La brisa de julio, la «que huele a jazmines», puso sobre al atril del patio de vecinos a un niño de Triana, criado sobre el adoquín de sus calles, y «casado con el banco para los próximos 30 años» con tal de amanecer todos los días en el lugar del mundo donde soñó vivir. Así se lo contó a Sevilla el periodista José Antonio Rodríguez, pregonero de la fiesta, cuya voz y sus virtuosos versos sirvieron para encender el recuerdo entre un barrio que alumbraba el inicio de sus días señalaítos.



Un niño de Santa Ana que quiso soñar con Triana

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