La demanda de los comedores sociales crece hasta duplicar la...

 

La demanda de los comedores sociales crece hasta duplicar la oferta actual

Este mes sólo están en marcha uno en Pagés del Corro y otro en el Pumarejo, atendidos por las Hermanas de la Caridad · Las ONG reclaman más ayuda oficial y tienen listas de espera para dar atención a familias completas

Laura Liñán | Actualizado 16.08.2011 - 05:03Desde primera hora de la mañana en el comedor de Cáritas de la calle de Pagés del Corro se trabaja a destajo. Faltan manos y comida para poder atender a los cientos de personas que cada día llaman a la puerta de esta organización en Sevilla. En pleno agosto sólo están en funcionamiento dos comedores: el de Triana y otro en la Plaza del Pumarejo, ambos atendidos por las Hermanas de la Caridad con la ayuda de voluntarios.
La crisis ha duplicado la demanda y también ha modificado el perfil del usuario de este tipo de instalaciones. A las diez de la mañana Abdel Haqq aguarda paciente en la puerta del comedor de Pagés del Corro. Salió de León camino de Huelva con sus dos hijos pequeños y la necesidad le ha obligado a pararse en Sevilla para buscar algunas galletas para desayunar, algo de ropa limpia y una ducha. "Yo puedo aguantar, pero los niños no", suplica. En unos minutos, una religiosa les entrega una bolsa de ropa y dulces y parte rápida a visitar a un enfermo. Abdel agradece el gesto y, sin querer dar más información, se va con sus hijos.
"Aquí te encuentras de todo pero mayoritariamente personas que están en la calle por problemas con las drogas o el alcohol, enfermos mentales, inmigrantes y ancianos a los que no les llega la pensión", explica Samir Jalil, mediador cultural que dedica parte de su jornada a hacer de traductor en el comedor de Triana. Todos tienen cabida en este centro. "El único requisito es que sea una persona sin hogar y sin trabajo", apunta. En el patio de Pagés del Corro hay muchos más hombres que mujeres. El mediador asegura que ellas se integran socialmente mejor y que, por tanto, encuentran antes un trabajo.
Entre las 12.30 y las 13.15 la puerta del comedor se abarrota de gente. Samir empieza a repartir saludos. "Siempre vienen los mismos, los conozco como a mi familia, llevo aquí desde 2004 y me sé sus historias", comenta. Una de ellas es la de Daniel Jiménez, asiduo al comedor de Triana desde que se divorció y la merma de sus ingresos le obligó a vivir en su coche, cerca de Pagés del Corro: "La comida consta de dos platos y el postre. Y a la salida te entregan una bolsa con un bocadillo, piezas de fruta y un batido o un zumo, para cenar".
Sus compañeros de mesa coinciden en afirmar que la comida es buena, no hay quejas "y hasta te dejan repetir". Y los voluntarios que cocinan a diario para ellos apuntan algo más: "Esto está más limpio que cualquier bar". En agosto triunfa el gazpacho, según constata Sergio, voluntario de Cáritas. Hay empresas privadas que donan productos que están al límite de la fecha de caducidad. El Banco de Alimentos y Cruz Roja también colaboran aportando viandas. "Cada vez que recibimos alimentos es un alivio porque con las subvenciones del Ayuntamiento no tenemos suficiente", explica uno de los asistentes del comedor social de la Plaza del Pumarejo.
No todos los usuarios buscan llenar su estómago, hay quien requiere otros alimentos: ropa, asesoramiento o simplemente una mano amiga en la que poder descargar los problemas del día a día. Una chica rusa irrumpe en el comedor de Pagés del Corro buscando un asistente social. Le han robado el bolso con sus papeles y está desesperada. Los trabajadores sociales analizan cada situación particular y orientan a los usuarios. A veces son familias completas las que acuden en busca de ayuda. "No creemos que el ambiente del comedor sea el más propicio para los niños, por lo que a las familias les repartimos una vez al mes un lote de comida", explica Adolfo Tirado, trabajador social del comedor del Pumarejo. Según explica, en estos momentos están atendiendo a 280 familias y cuentan con otras 250 en lista de espera: "Aunque estemos en tiempos de crisis, no se puede recortar en la atención a estos colectivos, el Ayuntamiento debería hacerse eco de las necesidades de muchas personas que están en la calle".
En la puerta del comedor del Pumarejo, el primero en la cola es Antonio Ramos. Va en silla de ruedas desde que hace cinco años sufrió un accidente laboral: trabajaba como pintor, se cayó de un andamio y se rompió tres vértebras. "Me pasó un año antes de jubilarme y la pensión que me ha quedado me da sólo para pagarme una habitación, al menos tiene baño, estoy bien...", comenta resignado. A su lado espera Emilia, una rumana de 25 años que se dedica a la prostitución, vive en la calle y echa de menos a sus hijos, a los que dejó en Rumanía. Es discreta y prefiere ocultarse, todo lo contrario que Fernando El Nani, como le conocen en el Pumarejo: "Entré en la cárcel por multas importantes, y no de tráfico, caí en las drogas y tengo que venir aquí porque en mi casa vivimos siete personas y con la paga de invalidez de mi hermana no nos llega". Juan Manuel Robledo vive en una tienda de campaña junto al río y lleva cuatro años en paro después de haber sido oficial de segunda en un barco. "El problema de vivir en la calle es caer en la drogadicción", apunta.
La hermana Consuelo, del comedor de Pagés del Corro, conoce otras historias similares. "A veces no necesitan comer, sólo que los besen, hay quienes nunca han sido besados", comenta la monja que se pasa horas hablando y escuchando los problemas de los usuarios de los comedores a los que, como si de una madre se tratara, intenta educar. Termina la hora de la comida, pero el trabajo sigue, a destajo.

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