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La Semana Santa se fue antes de llegar del todo, como si la víspera quisiera reunirse con la nostalgia antes de traspasarnos con el tiempo de la plenitud, como si el Viernes no hubiera existido

francisco robles / sevilla

Día 24/04/2011 - 08.19h

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¿Ha habido Semana Santa?

J. M. SERRANO

Nazarenos de la Carretería tras conocer que no harían la estación de penitencia

Fue hace un siglo. El Miércoles Santo. En San Bernardo. Con la noche encajada en las calles del barrio. La Virgen del Refugio entraba en la estrechez de Santo Rey. Una vuelta al ruedo de la memoria. Los noventa grados mejor rematados de la Semana Santa que se iba. El cronista se puso en el lugar exacto. En la media distancia, en el costero contrario. Manolo Villanueva, capataz de dinastía, se quitó de la delantera del paso. Sabía que habría faena grande. Los costaleros torearon con la izquierda 'alante', al natural. El palio se suspendió en el aire. Todo era luz. Y el tiempo se detuvo en las flores de seda que Rodríguez Ojeda le bordó a la Virgen en su vestido de torear. Alguien se acercó al capataz que estaba embebido en el instante.

—Esto no es llevar un paso, esto es una obra de arte…

Ahí se terminó la Semana Santa. El cronista es demasiado viejo en estos lances. El cronista escuchó el sonido de ese paso cuando aún estaba en el vientre de su madre. El cronista, por una vez y sin que sirva de vanidad ni de precedente, sabía que la Semana Santa estaba herida de muerte. Rota la femoral por culpa de la cornada plomiza que dictaban los partes meteorológicos firmados por el doctor Vila. Sólo quedaba esperar.

Miedo al vacío

El Jueves se refugió en la única luz que desprendió la tarde: la plata que brillaba en los sagrarios. La noche anduvo huérfana, desorientada, perdida en el charol de unas calles sin cofradías. El sevillano, que es barroco de nacimiento, huía del horror vacui, del miedo al vacío que se cernía sobre la ciudad. El deseo buscaba las doce en punto. El milagro que entrevió Cernuda en Coyoacán cuando escribió el poema que lo devolvería a la Arcadia de la luna de parasceve. Aquello pasó hace exactamente cincuenta años. Medio siglo. Sevilla es la ciudad de las dualidades que marca el Jano Bifronte de la Casa de Pilatos y la ciudad de las medias verdades y las medias mentiras. O nos pasamos o no llegamos. O las dos Esperanzas en la calle, o ninguna.

Las doce en el reloj. El mundo está bien hecho, decía Jorge Guillén cuando el sol se elevaba hasta el cenit del mediodía. Las doce en el reloj de la medianoche. La Macarena no sale. El mundo está deshecho. El Silencio se redujo a la minúscula. Ni clarinete, ni oboe ni fagot. El Señor no cruzaría el umbral de San Lorenzo. La lluvia no sucedía en el pasado, como vio Borges en la ceguera de su sabiduría. La lluvia descosió la Madrugada. En Triana cayó el diluvio. En Los Gitanos, el mismo silencio que en San Antonio Abad y que en la Magdalena. Por las calles, vagabundos que cruzaban la tiniebla húmeda de una ciudad cualquiera.

Historia de un desengaño

En 1649 no salió ninguna cofradía por culpa de las aguas. Hizo frío como en enero. Lo cuenta Juan Carrero en sus imprescindibles Anales. Luego llegaría la peste que se llevó por delante a la mitad de la ciudad. La epidemia no tuvo compasión con el dios de la madera: Juan Martínez Montañés dejó de existir. En 2011 la Semana Santa se fue antes de llegar del todo. La Madrugada del destierro tomó la ciudad como si el poema de Montesinos nos recordara la herida que nos inflige la memoria cuando recordamos el gozo que se nos va antes de tenerlo ante nuestros ojos. Ese poema lo inspiró Antonio Burgos. El mismo que nos desveló el misterio del barco del carbón: así llamaban los costaleros el paso de la Carretería. El barco del carbón que se quedó en el Arenal por culpa de las aguas para que se cumplan las paradojas de la ciudad. Un cardo tallado en caoba sin ejes de simetría. Eso sólo puede hacerlo un genio.

Los tres tiempos del Descendimiento se quedaron sin tiempo: Carretería, Quinta Angustia y Mortaja. El Cachorro buscaba su cielo de grisalla moribunda en el puente que no cruzó. El Crucificado de la Conversión nos anunciaba un paraíso que llevamos dentro aunque nuestra limitada inteligencia nos impida verlo. Este Viernes sin cofradías estuvimos más cerca de los exiliados que viven la Semana Santa en la pureza de la distancia. Exilios que se volvieron interiores cuando la nostalgia anticipada nos fue llevando al sol de Parras, a la luz altísima del Altozano, a las calles por donde el Señor no iba cortando el aire con el escalofrío de su rostro.

La pregunta definitiva

Esta ha sido la Semana Santa demediada como el vizconde de la trilogía de Italo Calvino cuyo título podría definir el origen de la fiesta: Nuestros antepasados. Una Semana Santa demediada para la ciudad de las medias distancias, de las medias verdades, de las medias raciones que sustituyen en los bares a las tapas. Ruina italicense en las barras y los mostradores. Ruina para la imagen turística de Sevilla. Ruina sobre las ruinas de esta ciudad que quiso huir de su realidad grisácea durante estos siete días y que se ha encontrado a sí misma en el espejo de los charcos.

La pregunta es cruel. Afilada como el desengaño. Si no hemos palpado la caricia del Cristo de la Buena Muerte, si Pilatos se ha quedado en San Benito y en la Basílica, si no hemos tocado el ruán de San Isidoro ni el raso de la O, si la Madrugada no explotó en la calle Pureza, si el Calvario no murió entre geranios por Molviedro, si el Señor del Bronce no paró el tiempo en la Campana, si no hemos sentido el vértigo de cada Jueves Santo, cuando se funde la plata del Valle y de Pasión con el carey del Nazareno, si el Gran Poder no se ha manifestado en la Epifanía del amanecer que nos araña el alma por dentro, si no hemos sentido el repeluco que nos deja la sonrisa que esbozan la Macarena y su Cachorro, ¿ha habido Semana Santa?

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