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TRIANEROS POR DERECHO

FRANCISCO ROBLES

Día 23/07/2010

TRIANA es el Trastevere de Roma, el Oltrarno de Florencia y la Mala Strana que está al otro lado del Moldava que cruza la muy barroca ciudad de Praga. Todos estos barrios tienen un nombre parecido que se refleja en la forma de ser de sus gentes. No son mejores ni peores que los de la otra orilla del río, sino diferentes. En Triana lo saben y no presumen de ello. ¿Para qué, si son tan viejos que mientras los sevillanos le rinden culto a la Madre ellos le dedican una Velá a la Abuela de Dios? Cela lo vio en su Primer viaje andaluz, donde cuenta su estancia en una Triana de flamencos hambrientos que viven del aire. Y Manuel Pareja Obregón compuso las sevillanas definitivas que bailó Matilde Coral en la película Carlos Saura con Rafael el Negro. Porque Triana es más ensueño que realidad, más evocación que presente, más Alcosa o Polígono del Destierro que presencia física en un barrio desfigurado por la mano del falso progreso.

Triana rima con la ojana que algunos le sirven en bandeja al alcalde que proclama a los cuatro vientos, o a los cuatro puntalitos que sostienen al barrio, que es trianero de adopción: ya se sabe que cada uno presume de lo que no es. Pero Triana, que sabe mucho de inquisiciones y callejones que conducen directamente al silencio, también se rebela, que en este caso rima con Jesús Estela. Un pescadero que no se traga el anzuelo y que tiene agallas para decirle al alcalde lo que piensa. Y en su cara, que es lo que tiene mérito en esta ciudad de puñalaítas por la espalda. ¿Por qué no responde el alcalde de las facturas falsas y de las setas venenosas al Defensor del Pueblo cuando le pregunta por la peatonalización de San Jacinto?

Trianeros así son los que hacen falta. Trianeros que no se dediquen a hacer juegos malabares en la cucaña untada con el sebo de la subvención. Trianeros como el maestro Emilio Jiménez Díaz, que remontó el río y se fue a Córdoba para amar al arrabal como hacía Montesinos con la otra orilla. Trianeros como Ángel Bautista, luchador incansable que no se amilana ante este poder ejercido con unos modos y maneras que recuerdan demasiado al castillo de San Jorge. Trianeros como Ángel Vela, que no cesa de velar por el patrimonio material e inmaterial de un barrio que es la suma de las historias de todos los que vivieron en sus corrales, en sus cavas de civiles y gitanos, en esas tabernas donde se apuntaba la soleá del zurraque en el perfil del aire.

En estas noches de banderitas en el puente y faroles sobre el río, es de justicia reconocer la labor de esos trianeros que no se callan ante las tropelías del poder. Prefieren las avellanas verdes de la libertad a la cigala de tronco de la sumisión. Se niegan a adorar a estos idolillos de barro, que por algo son los herederos de Justa y Rufina

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